Bután: El país de la felicidad

30 de Junio del 2014 Otros, Ocio, Bis, Bes Zinio, Y, version, versio, velocidad, Varios, Tu, Tienda, Tiend, Ti
A Drukpa Junley, un lama que vivió entre los años 1455 y 1529, se le conoce en Bután como el monje lascivo, el loco divino o el santo de las cinco mil mujeres. Sus hazañas sexuales son legendarias y se cuenta que en cierta ocasión le regalaron un brazalete y se lo puso en el pene. Con su sorprendente actitud pretendía desdramatizar las enseñanzas budistas y conectar con la gente. A juzgar por lo mucho que te hablan de él en Bután, está claro que lo consiguió. Kunley se formó en el monasterio tibetano en el Bután. A él se deben los numerosos falos, a menudo enormes y con alas, que aparecen pintados en las fachadas de las casas para alejar a los malos espíritus.

Bután: El país de la felicidad



Cuando llegué al valle de Punakha, el más fértil de este pequeño país del Himalaya, poblado por sólo seiscientos mil habitantes, lo que más me llamó la atención no fue el pequeño monasterio dedicado al monje lascivo, rodeado de campos de arroz, si no el gigantesco dzong que se alza justo donde el río Madre (Mo Chuu) confluye con el río Padre (Pho Chuu). ¿Qué es un dzong? Pues un edificio característico de Bután en el que conviven monjes y funcionarios.



Los monjes se dedican a lo suyo, que es rezar, pero no hace falta que salgan a pedir limosnas, ya que cuentan con una asignación periódica por parte del Gobierno. Por otra parte, los funcionarios que lo ocupan son los que se encargan de gobernar el país. Punakha fue capital de Bután durante trescientos años, hasta que en 1955 el Gobierno se trasladó a Thimphu. Se mantiene, sin embargo, como capital de verano, ya que el clima del valle es el mejor de todo Bután. Al dzong de Punakha, por cierto, asimismo se le conoce como el Palacio de la Gran Felicidad.



lLa felicidad es un concepto básico en Butánr, me comenta Kinley, el guía que nos asignaron al llegar al país. lLa Constitución establece que la Felicidad Nacional Bruta es más importante que el Producto Interior Bruto; es decir, que la felicidad está por encima de la economía. Fue una idea del anterior rey, Jigme Singye Wangchuk, que fue coronado en 1974, cuando tenía 18 años, e impulsó una reforma para que Bután pasara a ser una monarquía parlamentariar



http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/dzong_de_punakha_6324_630x.jpg Dzong de Punakha, llamado el palacio de la felicidad



Corbis



En 2008, el rey abdicó en su hijo, pero sigue gozando de una gran popularidad. Más que eso: se diría que los 600.000 habitantes de este pequeño país del Himalaya veneran al hombre que estableció un baremo para calcular la felicidad de sus habitantes y buscó acabar con la pobreza. Gracias a él, Bután tiene fama de ser el país más feliz de Asia, por lo que atrae a parejas recién casadas que aspiran, embelesadas y entre arrumacos, a conseguir la felicidad eterna.



Durante siglos Bután fue un reino secreto, tal como lo bautizara el viajero francés Michel Peissel en el libro que dedicó al país en 1971. Hasta 1999 sus dirigentes no autorizaron la televisión ni internet, ya que tenían miedo del contagio cultural. Todavía hoy tiene sus peculiaridades: está prohibido fumar en todo el país, no se permiten vallas publicitarias junto a la carretera y no tiene ni un solo semáforo. La velocidad máxima es de 50 kilómetros por hora y cuentan con una única autopista de sólo siete kilómetros. El resto son carreteras de montaña, con numerosas curvas, que comunican los distintos valles entre sí.



El visado para entrar en Bután es de los más caros del mundo, 250 dólares por día, quién sabe si para conservar el halo de paraíso oculto. Un sencillo cálculo apunta que si te quedas treinta días, te cobran la friolera de 7.500 dólares. Claro que el visado incluye hotel, guía y coche, pero aun de esta forma es evidente que el turismo de mochila lo tiene crudo para visitar Bután.



http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201238/panoramica_de_butan_7587_630x.jpg Bután, aquí la riqueza se mide en felicidad



Jorge Monje

El dzong de Punakha mide 180 por 72 metros, data del siglo XVII y tiene apariencia de fortaleza inexpugnable, como el Potala. El hecho de que se encuentre junto a los dos ríos le otorga un pedigrí espiritual, ya que ambos se juntan para formar el Sankosh, un río que desemboca en el sagrado Brahmaputra. Periódicamente, las crecidas del río destruyen parte del dzong, pero los butaneses lo reconstruyen sin desmayo, conscientes del peso histórico del edificio. La última restauración data de 2004.

Al cruzar el puente cubierto de madera que lleva al dzong siento como si participara en un antiguo ritual. El puente, reconstruido en 2008, cumple esta función. Al otro lado, las empinadas escaleras de acceso insisten en el carácter ritual. Antes de entrar, Kunley, el guía, renuncia al anorak que suele llevar por encima del vestido tradicional (el gho, una especie de bata hasta la rodilla) y se cubre con un gran pañuelo blanco. lEs señal de respetor, comenta. Los otros butaneses que entran en el dzong hacen lo mismo, mientras que ellas se cubren con una bufanda de color rojo.

El dzong impresiona por los grandes molinos de oración, las pinturas religiosas, los tankas, las vigas decoradas con colores, los amplios patios y los muchos monjes que van de un lado para otroh lEste dzong tiene tres patios, que nosotros llamamos dochey", aclara Kunley.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201238/templo_de_punakha_dzong_en_butan_7773_630x.jpg Templo de Punakha Dzong en Bután

Jorge Monje

En el centro se levanta una alta torre blanca llamada utse y por todas partes hay capillas donde rezan los monjes. En algunas está prohibido entrar, pero en la puerta de una de ellas veo cómo un monje joven recita mantras al ritmo de la música de tambores y trompetas tibetanas que emite su teléfono móvil. La modernidad, por lo visto, asimismo ha llegado a los monasterios de Bután.

Contemplo, desde el exterior, cómo en uno de los templos están reunidos varios monjes alrededor de un monje distinguido con un pañuelo naranja. Cuando lo señalo con el dedo para preguntarle a Kunley su rango, el guía me riñe azorado. lSobre todo no señalesr, me dice. lAquí en Bután es de muy mala educaciónr.

No nos cansamos de vagar por este monasterio laberíntico, repleto de sorpresas y de rincones con encanto. Es, de hecho, como una ciudad aprisionada entre murallas, como lo son los monasterios del monte Athos, en Grecia. En el tramo final del dzong contemplamos, desde una ventana, la confluencia de ambos ríos y un jardín repleto de frutales y jacarandás que sugiere paz y tranquilidad. ¿Será el secreto de la felicidad de Bután?

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/punakha_ecolares_9355_630x.jpg Un grupo de escolares en el monasterio de Punakha

Félix Lorenzo

En un recodo del valle de Punakha, el hotel Uma será el lugar ideal para hospedarnos. Desde la terraza podemos ver, como si estuviéramos en una estampa japonesa, las nubes bajas que se deshilachan en los árboles y los cuidados campos de arroz que se extienden a ambos lados del río. Más allá, las montañas nevadas nos recuerdan que estamos en el Himalaya. Cerca del hotel, unos hombres ataviados con el tradicional gho se entretienen lanzando dardos contra una diana. Los dardos son enormes, de más de un palmo de largo, y la diana está lejos, pero tienen buena mano. Cada vez que aciertan, se ponen a bailar y a cantar.

Un poco más allá, otro grupo de hombres ejercita el tiro con arco. La diana está aún más lejos, pero los arqueros aciertan de vez en cuando y repiten danzas y cánticos. lEl tiro con arco es el deporte nacional de Butánr, aclara Kunley. lAntes todo el mundo tenía un arco de bambú, pero ahora se imponen los arcos metálicos importados de Estados Unidos. Son más potentes, pero asimismo mucho más carosr. Bután no es una potencia futbolística mundial. Se encuentra en los últimos lugares de la clasificación de la FIFA. Sin embargo, su selección se convirtió en 2002 en protagonista de un interesante documental holandés The Other Final.

El director, Johan Kramer, se centró en un partido que se jugó el mismo día que Brasil y Alemania disputaban la final del Mundial en Japón. Las selecciones de Bután (número 202) y de la isla caribeña de Montserrat (203) se enfrentaron en el estadio de Thimphu. Ganó Bután aunque los caribeños se quejaron del mal de altura. El triunfo se recuerda como una hazaña en el país.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/hotel_uma_butan_8806_630x.jpg Hotel Uma, el lugar ideal para hospedarse en Bután

Hotel Uma

Aquel partido lejano sirvió, en cualquier caso, para poner a Bután en el mapa. Casi tanto como el concepto de Felicidad Nacional Bruta, que exhiben con orgullo en los carteles que te dan la bienvenida al país.

Volviendo al valle de Punakha, en una colina rodeada de campos de arroz, se levanta el monasterio de Chimi Lhakhang, construido en 1499 por un primo de Drukpa Kunley, el monje lascivo. Cuando lo visité hace unos meses, ya detecté, justo donde se inicia el sendero que lleva al templo, una sorprendente presencia de falos que rinden homenaje a aquel lama loco. Los había por todas partes, en las fachadas de las casas, en las fuentes y en las tiendas de recuerdos; algunos tenían la particularidad de tener ojos, y en la cafetería del camino exhibían con orgullo un falo de madera de más de un metro de altura.

lDrukpa Kunley nos proporciona bendicionesr, me dijo una de las chicas de la cafetería. lPara nosotros un falo no es obsceno; solo es símbolo de fertilidad. Es por eso que numerosas parejas acuden al monasterio para solicitar la bendición del santo a la hora de tener descendenciar.

La caminata al monasterio, jalonada por varias estupas, transcurre entre campos de arroz, con familias butanesas que caminan en fila por el estrecho sendero y con parejas jóvenes que acuden en busca de la ansiada fertilidad. Los peregrinos, al llegar, hacen girar el gran molino de oración que hay a los pies del monasterio, situado en lo alto de una colina redondeasa que al lama Kunley le recordaba, cómo no podía ser de la otra manera, el senso de una mujer.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/chimi_lhakhang__4255_630x.jpg El monasterio de Chimi Lhakhang, coonstruido en 1499

Corbis

Cientos de banderolas budistas ondean en el prado más alto. Las hay de todos los colores para homenajear a los seres queridos ya fallecidos y esparcir bendiciones por el valle. Junto al monasterio, una pequeña estupa recuerda el lugar donde Drukpa Kunley sometió a una diablesa con su mágico lrayo de resplandeciente sabiduríar. La encerró en una roca y a partir de entonces dejó en paz a los vecinos del valle.

Para llegar hasta Thimphu desde Punakha hay que salvar una de esas spaghetti road típicas de países montañosos. Curvas y más curvas hasta llegar al paso de Dochu La, que se encuentra a 3.150 metros. Allí se levantan 108 estupas en homenaje a los soldados butaneses muertos en una rebelión india en el 2003.

Empieza a nevar cuando subimos el paso. Al llegar al punto más alto, la niebla y la nieve se alían para crear un ambiente fantasmagórico, con las más de cien estupas destacando sobre un impresionante fondo blanco. En el interior del café, unas mujeres alimentan con leña la estufa junto a la cual se agrupan los viajeros. lEs una lástima que se esté nublador, se lamenta una de ellas. lEn los días claros desde aquí se ve la cordillera del Himalaya, con varios picos de más de siete mil metros de alturar.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/banderolas_budistas_3139_630x.jpg Banderolas de colores para homenajear a los seres queridos

Corbis

En el descenso hacia Thimphu, el paisaje cambia. Desaparecen los rododendros y cipreses de la otra vertiente y se imponen los pinos. Abajo, en el valle, se extiende la ciudad de Thimphu, con un gigantesco Buda sentado en lo alto de una colina. El gran mercado de los fines de semana, las calles tranquilas del centro y el estadio donde se disputó el partido de The Other Final se muestran como hitos, aunque destaca el dzong, amurallado como el de Punakha.

En uno de los altos de Thimphu hay un parque donde pacen unos cuantos takines, el animal nacional. Cuentan que fue Drukpa Kunley, el monje lascivo, quien lo creó, incrustando la cabeza de una cabra en el cuerpo de una vaca. A juzgar por su apariencia, no aparenta una teoría desencaminada. lAntes los takines gozaban de libertad en esta parte de la ciudadr, cuenta el guía, lpero molestaban en las casas y el Rey decidió encerrarlos en el parquer.

En Bután no matan animales, ya que la religión budista lo impide, pero importan carne de la India. Por otra parte, es frecuente ver carne puesta a secar en las ventanas de las casas, aunque el plato estrella del país consiste en chiles picantes en salsa de queso. Pican tanto que comérselos es una osadía.

La carretera de Thimphu a Paro es un rosario de curvas. En las afueras se encuentra un centro comercial que cuenta con la única escalera mecánica del país. lLa gente acude aquí solo para verla, y para desplazarse en ellar, apunta Kunley. En Paro, la calle principal aparenta sacada de un pueblo, con casas bajas de madera pintada y un dzong presidiendo, junto al río. No es tan impresionante como el de Punakha, pero está bien situado y tiene buenas vistas. En uno de los templos, un monje vende amuletos para vencer los obstáculos.

Cuando veo que empieza a nevar, le comento que mañana tengo previsto subir al Nido del Tigre, el monasterio más famoso del país, y que este podría ser mi primer obstáculo. lEl amuleto DorjeJadam te irá bienr, me tranquiliza mientras me ofrece un colgante con dos rayos de sabiduría cruzados. " Representa la estabilidad absoluta y te permite salvar 80.000 obstáculos y superar los ataques de 18 demonios".

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/thimphu_buda_2127_630x.jpg El gigantesco Buda sentado en la colina de Thimphu

Corbis

El día siguiente, por suerte, amanece despejado. Luce el sol, pero estamos a solo tres grados de temperatura y los montes están cubiertos de nieve. Nos acercamos en coche hasta el punto de partida del camino al monasterio de Taktshang, más llamado Tiger's Nest o el Nido del Tigre.

Se calcula que para subir al Nido del Tigre se necesitan dos horas, pero el camino es empinado y la altura, que alcanza los 3.200 metros, complica el acceso. Desde abajo, sin embargo, la visión del monasterio, colgado de las rocas unos setecientos metros por encima del valle, ejerce de poderoso estímulo visual.

El Nido del Tigre impresiona a medida que vamos subiendo. Hay mulos que suben a los turistas en baja forma por diez dólares, pero la mayoría prefiere subir a pie. lLos monasterios se construyen en lugares lejanos con la meta de que te esfuerces para llegarr, me comenta un monje. lSi te esfuerzas, te purificasr.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/puente_antiguo_1168_630x.jpg El puente colgante hacia el monasterio de Taktshang

Félix Lorenzo

Me purifico subiendo, sufriendo, mientras las vistas sobre el valle mejoran hasta convertirse en una especie de visión cósmica. En la cafetería del primer mirador, un té con mucha azúcar me ayuda a recuperar fuerzas. Desde el segundo mirador, veo el monasterio envuelto en miles de banderolas de oración, en una imagen que aparenta surgida de un sueño. Las escaleras que bajan al barranco, y que suben después al monasterio, reclaman un esfuerzo que culmina en el Nido del Tigre, un monasterio fundado en el siglo XVII por un monje que llegó en un Tigre Volador.

Las nueve cuevas secretas recuerdan que el gurú Padmasambhava meditó aquí, en el siglo VIII, antes de la construcción del monasterio, durante exactamente tres años, tres meses, tres semanas, tres días y tres horas. Fue el inicio de la sacralización de un lugar que atrae a peregrinos de todo el mundo.

De vuelta al valle, satisfecho de haber podido visitar este maravilloso lugar, una mujer llamada Dema me invita a regresar pronto a Bután. lTienes que peregrinar tres veces al Nido del Tigre si quieres tener una larga vidar, me instruye. Mientras la escucho, miro de reojo la montaña. Mañana tengo que regresar a Europa, pero me descubro pensando que no me disgustaría regresar a Bután en el futuro. Y al Nido del Tigre, por supuesto. Al fin y al cabo, no tengo nada que temer: cuento con un amuleto que me permite superar nada menos que 80.000 obstáculos.

* Este artículo está publicado en la revista de Condé Nast Traveler de julio-agosto número 75. Este número está disponible en su versión digital para iPad en la AppStore de iTunes, y en la versión digital para PC, Mac, Smartphone y iPad en el quiosco virtual de Zinio (en terminales Smartphone: Android, PC/Mac, Win8, WebOS, Rim, iPad).

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http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201426/monasterio_de_taktshang_8594_630x.jpg ?Tienes que peregrinar tres veces al Nido del Tigre para tener una larga vida"

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